La historia que no termina

Se me intima a asistir a la Dirección Nacional de Migraciones. Siempre hay algo que falta. Después de siete meses desde que realicé mi trámite de renovación del documento de radicación, recibo un mail: falta un comprobante que dé cuenta fehaciente del domicilio de mi lugar de trabajo. Como he decidido enfrentar este proceso de manera heroica y no trágica, ni me lamento y mejor comienzo a pedir el documento a quien corresponde. El documento está listo, el documento está en mis manos.

Lunes en la mañana. Me apersono en el lugar. Edificio 6, área de intimados (“intimado” siempre me ha parecido una palabra amenazante, pero igual voy, no me dejo asustar). Grata sorpresa: la fila no es tan larga como pensaba. Unas diez personas a lo sumo. Avanza lento, pero avanza. Delante de mí hay un hombre leyendo. En algún momento, se gira hacia mí y me dice: “¿Tenés hora?”. Habla de “vos”, ¿será argentino? Luego me río para mis adentros: lo que todos en la fila tenemos en común es que no somos argentinos. Son las 9.12, le digo mostrando la pantalla de mi celular. Al decir “gracias” escucho la interdental. Es español. Me divierto con estos jueguitos de adivinar los acentos. Después de unos minutos, se voltea nuevamente hacia mí y me dice: “la imagen, la que tienes en tu celular, es una carta del Tarot de Marsella, ¿no?”. Me río. Sí, le respondo, es La templanza, muy ad hoc para momentos como éste (me hago dizque la graciosa con este chiste). Empezamos a hablar de la simbología del tarot, del poder de la imagen.

“¿Y de qué parte de México eres?”, me pregunta después. Compruebo que todos hacemos el jueguito de los acentos. La fila se mueve lentamente. Mientras esperamos seguimos hablando, pasamos por temas diversos. Hablamos de lo terrible de la burocracia (tema obligado por el lugar en que estábamos) y así me enteré que hay gente con peor suerte que la mía: él llevaba haciendo este trámite desde hacía ocho años, siempre pasaba algo y tenía que comenzar de nuevo. Hablamos de los oficios, así nos enteramos que ambos habíamos estudiado letras y que nos gustaba escribir, y supe que él era profesor de lengua y literatura. Hablamos de libros y de formas de leer: él es de las personas que no pueden rayar los libros (sacralización del libro); yo de las que si no rayan sienten que no leyeron y van a olvidar lo más importante (desacralización del libro conjugado con una obsesión basada en el miedo al olvido). Eso nos llevó a hablar de las huellas, y salió por ahí nombrado Benjamin y el Libro de los pasajes. Hablamos de la escritura: él es de las personas que escriben varios textos a la vez, coincidí en eso con él, yo también soy de ese tipo de personas. Escribir también es borrar, tachar, eliminar, dijimos. Finalmente llegamos al frente y nos convertimos en los primeros de la fila. Nos preguntamos nuestros nombres, pero tengo la impresión que fue más por cortesía que por otra cosa (a veces el nombre es lo de menos, pensé).

Fue su turno y nos deseamos suerte. ¡Que nunca tengas que volver aquí!, nos dijimos. Después fue mi turno y pasé con una sonrisa que se borró en el instante en que, del otro lado del mostrador, la mujer me dijo: a este papel le hace falta otra firma.

Salgo del Edificio 6, del área de intimados de la Dirección Nacional de Migraciones. Las anécdotas son siempre distintas, pero el resultado siempre es el mismo: vuelva la siguiente semana.

Ahí luego les cuento qué onda…

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Óscar dice:

    Te va a sorprender mi comentario pero me encantan las sorpresas, las casualidades y las improvisaciones. No, no era cortesía preguntarte tu nombre. Me interesó todo cuanto hablamos y me pareció un modo (¿discreto?) de evitar la despedida. Y es que me quedé con ganas de hablar más, de averiguar en qué queda tu escritura. Y mira por dónde me encuentro no sólo con tu Facebook (no era tan difícil, compartimos cinco contactos) sino con tu crónica de nuestro encuentro. Es divertido leerse como un hombre con acento argentino (¿de verdad dije “tenés”? A veces lo hago a propósito para evitar la dinámica de las preguntas retóricas, el interrogatorio de qué, cómo, por qué llegué a Buenos Aires. Hoy me habré mimetizado al lugar) y si además me cuentas tu perspectiva del infierno burocrático me alivia lo que vino después.

    Porque ahora te cuento mi epílogo de la visita a Migraciones. La sonrisa al despedirnos fue motivada por el deseo mutuo de suerte. Por desgracia no nos resultó a ninguno de los dos, ya ves. Y yo que estaba convencido de que por lo menos a ti sí. En mi caso la burocracia volvió a opacar cualquier reacción mía. La misma mujer que te atendió enseguida me dijo: “aquí falta el sello del ministerio”. “Pero me dijeron que ese sello tarda 30-40 días”, me defendí sin ganas de defenderme, sabiendo que es en vano. “No, es rapidísimo. Sacás hoy el turno y te lo dan enseguida. Yo atenderé hasta las tres de la tarde, por si tenés ganas de volver”. “Sí, no sabes las ganas que tengo”, pensé. Debió de entenderme porque añadió: “No te vuelvas loco”. “En eso estamos”, le dije al levantarme. Si lo entendió como que lo evitaré o como que ya lo estoy, me dio igual.

    Fui a dar clases, en un descanso pedí turno en el Ministerio de Educación y allí fui, evitando la lluvia con un gesto heroico. Heroico es para seguir con la templanza, digamos. En el Ministerio me derivaron a una cola de una persona. La única mujer que atendía en el mostrador se fue a las rigurosas dos del mediodía. “Me voy a comer”, declaró. Uno de sus compañeros ocupó enseguida su lugar. Cuando me llamó quise explicar que el formulario de mi turno lo etiqueté como “Otros trámites” porque no lo entendía muy bien (los trámites nunca se entienden del todo). “Luego vemos”, me contestó. Y añadió: “pase a ese sector y fíjese cuándo aparece su nombre en el monitor.” Bueno, sigamos los pasos perdidos, pensé. Me senté en una de las sillas, junto con otros dos pacientes. Al cabo de un minuto me llamó el mismo hombre que me había atendido. Le mostré el certificado que debía legalizar y en cuanto lo miró del derecho y del revés lanzó la fatalidad: “acá falta un trámite intermedio”. “¿Cómo?”, le balbuceé. “Acá debería estar también la firma del rector de la universidad, no sólo la de un funcionario; y además debe estar registrada en el sistema porque si no te lo rebotaría de todos modos.” Etcétera. “Pero eso se hace enseguida, sólo debe estampar la firma y listo”. “Este documento tardaron un mes en dármelo”. “¿Un mes? ¿Por qué tanto tiempo?” “No lo sé. Me dijeron que si pedía legalizarlo tardaba unos 30-40 días.” “No, no, son cinco minutos. Pida la firma y en cuanto me lo traiga le pongo el sello, es rápido”. Me desenchufé el cable de esta conversación entre robots y con un “gracias por todo, chau” me puse a caminar, dejando que los guardias me trazaran la salida.

    Mañana retomaré las visitas, el peregrinaje. O pasado. Si después de todo me animo. Si tengo ganas de volver, como me sugirió la mujer de Migraciones. Hoy ya me pesan hasta las palabras. Y aún así quiero agradecerte que me hayas aliviado la carga. No te deseo suerte esta vez para que por fin la tengamos.

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